El vapor envolvía la estancia en un abrazo neblinoso, convirtiendo el cuarto de baño en un santuario privado donde el mundo exterior no era más que un eco lejano. En el interior de la tina, el agua oscilaba al ritmo de dos cuerpos que se reconocían con una urgencia nueva, casi desesperada. Castiel sostenía la cintura de Yestin como si fuera el ancla de su propia existencia, mientras ella, con los dedos enredados en el cabello húmedo de su esposo, trazaba el contorno de sus hombros con besos que