El amanecer en Moscú parecía un susurro helado que iba quebrando la penumbra de la noche. El horizonte, teñido de tonos cobrizos y azulados, se reflejaba en los ventanales de la Mansión Orlov, como si el palacio de mármol y cristal despertara junto con la ciudad. La escarcha aún adornaba los jardines, y el vapor blanco que emergía de las fuentes congeladas ofrecía una escena de serenidad majestuosa, propia de un invierno moscovita.
Dentro de la mansión, el calor de los candelabros eléctricos y el fuego tenue de la chimenea se oponían al frío exterior. En los pasillos, se extendía un aroma a café recién hecho, un perfume que se mezclaba con las notas suaves de madera pulida y flores frescas colocadas por el personal desde temprano. Era un hogar de reyes, y esa mañana, como tantas otras, Alexandra Morgan caminaba en silencio por sus corredores, consciente de que cada paso la acercaba a un día cargado de negocios, estrategias y expectativas.
Su figura apareció en el gran vestidor. Frente