El cielo de Moscú nuevamente estaba empezando a teñirse de un gris metálico aquella mañana, reflejando la severidad que dominaba la capital rusa. Desde la base de la Torre Baranov, los transeúntes levantaban la vista hacia aquel coloso de vidrio y acero, símbolo de poder y control. Para muchos, la torre era más que un edificio corporativo: era una advertencia, un recordatorio silencioso de quién realmente movía los hilos en la ciudad.
Mikhail Baranov ascendió directamente hasta el último piso, acompañado por la escolta habitual de hombres de negro que mantenían alejadas las miradas indiscretas. Sus pasos firmes resonaban en el mármol del vestíbulo privado que daba acceso a su oficina, y como siempre, no fue necesario que dijera una sola palabra: los asistentes se apartaban a su paso, reverenciando la fría autoridad que emanaba de él.
La puerta de la oficina se abrió con suavidad, revelando un espacio diseñado para imponer. Paredes de cristal que ofrecían una vista panorámica de Moscú