El cielo de Moscú nuevamente estaba empezando a teñirse de un gris metálico aquella mañana, reflejando la severidad que dominaba la capital rusa. Desde la base de la Torre Baranov, los transeúntes levantaban la vista hacia aquel coloso de vidrio y acero, símbolo de poder y control. Para muchos, la torre era más que un edificio corporativo: era una advertencia, un recordatorio silencioso de quién realmente movía los hilos en la ciudad.
Mikhail Baranov ascendió directamente hasta el último piso,