Eran las doce de la medianoche. El silencio de Moscú parecía un velo pesado sobre la ciudad, roto apenas por el rumor lejano de un motor, el crujido del hielo en las calles y el eco distante de un perro callejero. Dentro de la mansión, el mundo se reducía a un solo punto de calor: ellos dos. Alexandra y Mikhail. Amo y señora de un destino marcado por la oscuridad, pero ahora desnudos de poder, desnudos de armas, despojados de todo salvo del deseo que los consumía.
La luz tenue de la lámpara apenas rozaba el contorno de sus cuerpos, dibujando sombras largas en las paredes como si incluso la penumbra quisiera espiar el secreto de esa unión. Alexandra llevaba aquella bata de seda, ligera como un susurro, que parecía haber nacido para deslizarse entre sus dedos, para ceder al roce de su piel contra la de él.
Mikhail, con la firmeza de un hombre que sabe que todo le pertenece y, sin embargo, se contiene para no destruir lo que más anhela, alzó la mano y dejó que sus nudillos recorrieran la