El silencio cayó pesado. Petrov la observó fijamente como queriendo ver más allá de ella, pero aquello quizás era una misión imposible, aquella mujer fue formada con acero y por un hombre letal, Alessandro Morgan.
Ilya se inclinó hacia ella, los labios a centímetros de los suyos.
—¿Y cuál es el juego, señorita Morgan?
Alexandra se puso de pie, dejando que el vestido se deslizara con elegancia mientras lo conducía hacia el balcón que daba al hipódromo. Los caballos galopaban en círculos de calentamiento, y el sonido de los cascos contra la arena se mezclaba con el murmullo de los espectadores.
—Una carrera de caballos. Usted contra mí.
Petrov rió con fuerza, como si la propuesta fuese un chiste.
—¿Cree que un simple juego de apuestas puede decidir el futuro de nuestras empresas?
—No es un simple juego —replicó Alexandra—. Es el reflejo de lo que somos: estrategia, poder y precisión. Si no confía en sus propias manos, entonces quizá no merece lo que tanto ansía.
La provocación surtió ef