La mansión Orlova permanecía sumida en un silencio casi solemne. Desde la ventana del cuarto principal, la noche de Moscú parecía un cuadro congelado: luces lejanas, el humo de alguna chimenea perdiéndose entre la bruma y, más allá, el aullido distante de algún perro que recordaba lo salvaje que podía ser la ciudad bajo aquella calma aparente. Alexandra Morgan se recostó contra los cojines, todavía con la bata de seda cayendo suavemente por sus hombros. Se había servido otra copa de whisky, la tercera desde que llegó, y la bebida ardía como fuego líquido mientras descendía por su garganta.
Dejó el vaso sobre la mesita de noche, con el hielo girando perezosamente, y se acomodó en la cama. El edredón oscuro contrastaba con la palidez de su piel y con su cabello cayendo en desorden sobre la almohada. Allí, en ese instante, parecía una reina en su trono, rodeada de lujo y poder, pero con un fuego interno que ninguna riqueza podía apagar.
Porque había algo que no la dejaba en paz.
Mikha