El aire de Moscú golpeó el rostro de Alexandra Morgan en cuanto abandonó el bar. No se giró ni una sola vez; no necesitaba ver la cara de Veronika Dubrovskaya para saber que la había dejado completamente descolocada con aquella última frase sobre las hermanas en Japón y la doble vida secreta que su padre mantenía. Alexandra no improvisaba. Si hablaba, era porque ya conocía la reacción de su oponente antes incluso de que esta sucediera.
Sus tacones resonaron con autoridad sobre el pavimento mie