El aire de Moscú golpeó el rostro de Alexandra Morgan en cuanto abandonó el bar. No se giró ni una sola vez; no necesitaba ver la cara de Veronika Dubrovskaya para saber que la había dejado completamente descolocada con aquella última frase sobre las hermanas en Japón y la doble vida secreta que su padre mantenía. Alexandra no improvisaba. Si hablaba, era porque ya conocía la reacción de su oponente antes incluso de que esta sucediera.
Sus tacones resonaron con autoridad sobre el pavimento mientras cruzaba la calle hacia el estacionamiento privado. El frío de la noche apenas la rozaba; parecía caminar protegida por una fuerza invisible que nada tenía que ver con el clima. Abrió la puerta del Ferrari con un movimiento firme y se acomodó en el asiento de cuero, dejando que el rugido del motor llenara el silencio.
El coche, negro como la medianoche, salió del estacionamiento con un giro preciso. Alexandra no conducía con prisa. No necesitaba huir de nada ni de nadie. El tráfico de Mosc