La mansión Orlova permanecía en un silencio casi solemne cuando las luces del Aston Martin atravesaron el portón principal. Eran las 4:15 de la madrugada, y la nieve cubría parcialmente la entrada, brillando bajo las luces del vehículo que se detuvo con un rugido bajo y metálico.
Alexandra, que había permanecido en la cama, decidí bajar a la sala principal, ella había escuchado el radio del motor entonces levantó la vista al escuchar el sonido del motor con más claridad. Su corazón se aceleró de inmediato. Solo podía ser él.
Dejó la copa que aún estaba bebiendo sin importar el horario sobre la mesa de cristal con un movimiento lento, casi inconsciente, mientras la puerta del vehículo se abría y la figura de Mikhail Baranov emergía de la noche.
Era como si la oscuridad misma lo hubiese traído hasta ella.
Vestía completamente de negro: la chaqueta larga de corte militar, la camisa perfectamente ajustada a su torso, los pantalones impecables y esas botas que parecían resonar con cada