La tensión era un filo invisible que atravesaba el aire del salón privado del hipódromo. Ilya Petrov seguía sentado, rígido, con las manos crispadas sobre la mesa de mármol. El whisky en su copa había quedado olvidado, y el color de su rostro había virado a un tono ceniciento. Alexandra Morgan lo observaba de pie, erguida como una reina que acababa de dictar el destino de un súbdito.
Había lanzado la bomba, y el silencio posterior era la prueba de su impacto.
—Usted… —Ilya intentó hablar, pero su voz se quebró, revelando lo que sus gestos trataban de ocultar—. Usted no sabe lo que dice.
Alexandra ladeó la cabeza con una sonrisa fría, cargada de desprecio elegante.
—Oh, créame que lo sé —respondió, con esa calma peligrosa que helaba la sangre—. Sé más de lo que imagina. Sé que toda su vida ha sido una fachada. Negocios, poder, mujeres en sus brazos… todo un teatro diseñado para ocultar lo que realmente es.
El rostro de Ilya se contrajo, un destello de furia brilló en sus ojos, pero ens