La tensión era un filo invisible que atravesaba el aire del salón privado del hipódromo. Ilya Petrov seguía sentado, rígido, con las manos crispadas sobre la mesa de mármol. El whisky en su copa había quedado olvidado, y el color de su rostro había virado a un tono ceniciento. Alexandra Morgan lo observaba de pie, erguida como una reina que acababa de dictar el destino de un súbdito.
Había lanzado la bomba, y el silencio posterior era la prueba de su impacto.
—Usted… —Ilya intentó hablar, pero