La noche en Moscú se había vestido de cristales y acero. El cielo, ennegrecido por nubes pesadas, parecía ceder ante el resplandor de los rascacielos que reflejaban la grandeza de una ciudad que nunca dormía. En las entrañas de esa capital -coronada por poder, sangre y secretos- se preparaba la élite para una velada que no era más que un disfraz: un teatro de lujo para encubrir la guerra silenciosa entre titanes de la mafia. Aquella noche caía como un telón de terciopelo negro, cubriendo la ciu