La noche en Moscú se había vestido de cristales y acero. El cielo, ennegrecido por nubes pesadas, parecía ceder ante el resplandor de los rascacielos que reflejaban la grandeza de una ciudad que nunca dormía. En las entrañas de esa capital -coronada por poder, sangre y secretos- se preparaba la élite para una velada que no era más que un disfraz: un teatro de lujo para encubrir la guerra silenciosa entre titanes de la mafia. Aquella noche caía como un telón de terciopelo negro, cubriendo la ciudad con un silencio espeso, apenas roto por el murmullo lejano de motores y el crujido de la nieve bajo las ruedas de un auto lujoso que se alejaba. En lo alto de la Mansión Baranov, donde el lujo y el peligro se entrelazaban como amantes eternos, Mikhail Baranov la observaba a ella. A su Reina, a su prometida.
Alexandra Morgan estaba de pie junto a los ventanales, enmarcada por la luz plateada de la luna que se filtraba a través de los cristales. Parecía irreal, como una visión tallada por los