El restaurante más prestigioso de Moscú se alzaba como un templo de lujo y discreción. Sus ventanales de cristal reflejaban la luz del mediodía y el invierno ruso enmarcaba la escena con copos de nieve que parecían caer en cámara lenta. El mármol negro del suelo brillaba como espejo, y las lámparas de cristal colgaban desde el techo con un resplandor etéreo. Todo aquel que cruzaba sus puertas sabía que allí el poder y la elegancia se entrelazaban.
Mikhail Baranov avanzaba con su paso firme, impecable en su traje de corte italiano, con el aura de un rey que no necesitaba anunciar su presencia. A su lado, Alexandra, con un vestido sobrio color marfil que abrazaba su figura con delicadeza, irradiaba una elegancia distinta: natural, suave, imposible de ignorar. Si él representaba la fuerza oscura y dominante, ella era la luz que llenaba la sala sin proponérselo.
El maître, inclinado en una reverencia silenciosa, los condujo hasta una mesa privada junto a un ventanal. Los comensales alzaro