El murmullo de la multitud apenas comenzaba a disiparse tras el anuncio del compromiso cuando un sonido metálico, el eco de tacones altos sobre mármol, cortó el aire como un cuchillo. Las puertas del salón volvieron a abrirse, y con ellas, la noche se tiñó de un nuevo veneno.
Veronika Dubrovskaya apareció en el umbral. Alta, de silueta impecable, envuelta en un vestido negro con destellos plateados que parecían espinas bajo la luz, caminaba con la seguridad de quien alguna vez fue intocable. Su cuello adornado con diamantes brillaba como un desafío, y en sus labios, rojos como heridas abiertas, se dibujaba una sonrisa calculada. Camuflando perfectamente que tan destruida estaba después de la destrucción de su mansión.
Pero no eran sus joyas ni su porte lo que electrizó la sala: era la mirada. Sus ojos oscuros, impregnados de odio, buscaron de inmediato a Alexandra Morgan. Una chispa de rencor atravesó la distancia, encendiendo un fuego que quemaba más que cualquier joya. Porque Veroni