Las luces cálidas del Palacio de Mármol, propiedad de Kareem Al-Hafez en pleno corazón de San Petersburgo, se alzaban como una afrenta dorada en el oscuro lienzo del cielo ruso. Aquel lugar, lleno de lujos traídos desde Medio Oriente, era su trono temporal, su declaración de guerra silenciosa a quienes aún dudaban de su influencia. Rodeado de mármoles importados, columnas talladas a mano, alfombras persas y obras robadas del mercado negro, Kareem parecía una figura de poder absoluto. Lo parecía