Las puertas de la Mansión Baranov se cerraron tras él con un golpe seco que resonó más fuerte de lo habitual, como si la madera misma hubiese captado la tensión que cargaba en los hombros. Mikhail Baranov no pronunció palabra alguna mientras bajaba los escalones de la entrada, y su chofer, al ver la expresión de su rostro, supo que lo mejor era abrir la puerta del coche y no preguntar nada.
El vehículo negro partió rumbo a la sede central del grupo Baranov, cortando el aire frío de Moscú con u