El coche se detuvo con suavidad frente a las rejas de hierro forjado de la Mansión Orlov. La Tarde bañaba el cielo de Moscú en un gris azulado, y la neblina ya se deslizaba por el jardín como un velo. Alexandra no apartó la vista del portón mientras esperaba que Viktor diera la orden de abrirlo. No regresaba a la Mansión Baranov, y aquello era, en sí mismo, una declaración de guerra contra las expectativas de todos.
Viktor apretó las manos en el volante. No podía evitar sentirse inquieto; había