El coche se detuvo con suavidad frente a las rejas de hierro forjado de la Mansión Orlov. La Tarde bañaba el cielo de Moscú en un gris azulado, y la neblina ya se deslizaba por el jardín como un velo. Alexandra no apartó la vista del portón mientras esperaba que Viktor diera la orden de abrirlo. No regresaba a la Mansión Baranov, y aquello era, en sí mismo, una declaración de guerra contra las expectativas de todos.
Viktor apretó las manos en el volante. No podía evitar sentirse inquieto; había supuesto que, tras su visita a la base secreta y el despacho privado de Mikhail, Alexandra volvería al centro del imperio. Pero ella no lo hizo. Había escogido la residencia de los Orlov para pasar la noche. Aunque hubiera preferido la Mansión Baranov para tratar de sentir la fragancia de Mikhail en su ausencia, la mujer opto por venir a su mansión.
Cuando bajó del vehículo, la silueta de Alexandra parecía esculpida en mármol negro, su porte erguido, y la larga gabardina oscura ondeaba con la b