Volvió el sonido del teléfono con un timbre que parecía distinto, como si la línea misma supiera que aquel llamador no sería uno más. Veronika Dubrovskaya se mantuvo inmóvil, con la espalda contra el respaldo de la butaca y la mirada fija en el paisaje gris de Moscú. La llamada la había despertado de una letanía de pensamientos venenosos; ahora la voz del otro lado regresaba con una propuesta que, en el fondo, la obligaba a decidir entre rabia y oportunidad.
—Señora Dubrovskaya —dijo la voz en