JAPÓN
La noche japonesa caía como una seda negra sobre los tejados, cubriendo cada calle con un velo de penumbra. La lluvia, tenue pero constante, dibujaba líneas en los cristales del vehículo en el que Veronika viajaba. Afuera, Tokio parecía haber enmudecido; las luces de neón parpadeaban como suspiros ahogados, y los callejones se extendían como gargantas oscuras que devoraban los pasos del mundo.
Veronika se acomodó en el asiento trasero sin pronunciar palabra. Frente a ella, dos hombres vestían trajes oscuros, inmóviles como estatuas. El conductor no hablaba, apenas se oía el roce de sus guantes contra el volante. El tercer vehículo se mantenía a pocos metros por detrás; las luces intermitentes apenas atravesaban la bruma que se alzaba sobre el asfalto. Había algo antinatural en aquel silencio, como si hasta el aire supiera que aquella noche no sería una noche cualquiera.
El rugido del motor rompía el vacío con un pulso grave y constante. Veronika intentó fijar su mirada en el pa