Moscú dormía bajo un manto helado, con la nieve cubriendo las calles desiertas y el silencio de la madrugada interrumpido apenas por el lejano rugido de algún motor. Sin embargo, en un rincón oscuro de la ciudad, la calma no existía. En un bar casi vacío, iluminado por luces rojizas y amarillentas que daban al ambiente un aire decadente, Veronika Dubrovskaya estaba sentada sola frente a la barra.
La mujer que alguna vez había sido descrita como una joya de la sociedad moscovita, la que muchos i