El amanecer de Moscú se filtraba a través de los cortinajes gruesos del dormitorio, dejando que un resplandor suave tiñera la habitación de un dorado pálido. La noche anterior había quedado suspendida en la memoria de Alexandra como un sueño intenso: la fuerza con que Mikhail la había reclamado, el fuego en su mirada, la manera en que su piel había quedado marcada por la pasión. Ahora, en la calma de la mañana, solo quedaba la sábana blanca como testigo de lo vivido, cubriendo su desnudez con d