La noche sobre Tokio parecía hecha de acero líquido. Desde el ventanal de la suite, las luces reflejaban el resplandor de un mundo que no dormía nunca. En el piso cuarenta y dos, Alexandra Morgan se sirvió otra copa de vino; el líquido rojo giró lentamente dentro del cristal, tiñendo la transparencia con un matiz oscuro, como si aquel vino también ocultara secretos.
Se había quitado los tacones y caminaba descalza sobre el mármol frío. En la mesa, su móvil descansaba en silencio, una pantalla apagada que guardaba demasiadas verdades. La mujer tenía la mirada perdida en la ciudad, en el resplandor que parecía latir desde los rascacielos, con esa calma peligrosa de quien ha aprendido a fingir tranquilidad antes del desastre.
A varios kilómetros de distancia, en una oficina improvisada dentro del edificio del consorcio de Kareem en Japón, los monitores proyectaban líneas verdes y pulsos luminosos sobre rostros exhaustos. El aire olía a café, tensión y a electricidad quemada.
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