El reloj marcaba las 17:42 cuando Mikhail Baranov se sentó finalmente en su despacho. Las paredes estaban revestidas con madera de nogal oscuro, y el aire olía a cuero, whisky y pólvora. Afuera, el atardecer teñía el cielo de un naranja sombrío, pero en el interior todo era penumbra. Solo la lámpara antigua sobre su escritorio iluminaba tenuemente su rostro, tallado como mármol frío, con la mirada clavada en el fuego de la chimenea que ardía con violencia.
No era común que Mikhail permitiera q