El gran comedor de la Mansión Orlov estaba dispuesto con la solemnidad propia de una ocasión especial. Las largas cortinas de terciopelo azul marino se mecían suavemente con la brisa de Moscú, y en el centro de la mesa de roble reposaban fuentes humeantes, donde la tradición inglesa se dejaba ver con orgullo: roast beef perfectamente asado, acompañamientos de puré de patatas y gravy, pastel de riñones, vegetales al vapor y, para cerrar, un pudding que todavía desprendía el aroma cálido de espec