El gran comedor de la Mansión Orlov estaba dispuesto con la solemnidad propia de una ocasión especial. Las largas cortinas de terciopelo azul marino se mecían suavemente con la brisa de Moscú, y en el centro de la mesa de roble reposaban fuentes humeantes, donde la tradición inglesa se dejaba ver con orgullo: roast beef perfectamente asado, acompañamientos de puré de patatas y gravy, pastel de riñones, vegetales al vapor y, para cerrar, un pudding que todavía desprendía el aroma cálido de especias. Todo había sido supervisado con esmero por el personal de la mansión, sabiendo que nada debía fallar en el recibimiento de los Morgan.
Alessandro ocupaba el lugar central de la mesa, Alexandra a la derecha y su madre frente a ella. No había invitados más que los tres: la intimidad del momento era fundamental. Aun así, varios mayordomos se movían con precisión, llenando platos, retirando copas de agua y sirviendo cada detalle con discreción.
Alessandro Morgan, impecable en su traje gris oscu