El amanecer en Moscú desplegaba un cuadro digno de admiración. El cielo se teñía de tonos ámbar y dorados que poco a poco se fundían con el blanco frío del invierno, cubriendo las calles con un halo etéreo. La nieve, que había caído suavemente durante la madrugada, brillaba con la primera luz del sol, como si millones de diminutos cristales hubieran sido esparcidos a propósito para engalanar la ciudad en ese día especial.
En la Mansión Baranov, Alexandra se había levantado temprano.
— ¿Cómo ama