RUSIA
El ambiente del despacho privado en la mansión de los Baranov en Moscú estaba impregnado de silencio, lujo y tensión. Las ventanas de cristal polarizado dejaban entrar la luz tenue de la tarde, iluminando apenas el escritorio de roble oscuro donde Mikhail hojeaba un contrato de armas con los dedos manchados de tinta y el cigarro consumiéndose en el cenicero.
Un discreto golpe en la puerta resonó antes de que esta se abriera lentamente. El mayordomo se inclinó con una ligera reverencia.