La lluvia caía con fuerza sobre Moscú, golpeando el pavimento con la furia de un cielo sin consuelo.
Alexandra salió del bar con pasos rápidos, casi desesperados, sin importarle el viento que le enredaba el cabello ni el frío que se colaba bajo su abrigo de lana.
Sus manos temblaban. No de frío… sino de confusión.
El aire que respiraba ardía.
Sus labios aún llevaban el sabor del whisky de roble ahumado que Mikhail había estado tomando, mezclado con algo más profundo, más inconfesable.
Un susur