La mansión Baranov era una fortaleza envuelta en silencio. Fuera, la nieve caía como un susurro constante sobre los vastos jardines congelados. Dentro, el aire era denso, casi tan inmóvil como el hombre que dominaba aquel imperio de sombras y poder.
Mikhail estaba en su despacho, una habitación revestida con paneles de madera oscura, alfombras persas y lámparas tenues que lanzaban destellos dorados sobre los bordes afilados de su escritorio. Vestía de negro como siempre, una camisa perfectamen