La noche había caído por completo sobre Moscú, envolviendo la ciudad en un manto de oscuridad silenciosa, interrumpido solo por el murmullo de los árboles mecidos por el viento y la tenue luz de la luna que se filtraba entre las nubes. En la Mansión Baranov, sin embargo, el ambiente era otro. Cada rincón de la vasta propiedad estaba perfectamente iluminado, custodiado, y bajo una vigilancia absoluta. Nada ni nadie entraba o salía sin el conocimiento de Mikhail Baranov.
El rugido suave del moto