La noche se había posado sobre Moscú con una calma engañosa. Desde el ventanal del gimnasio privado en la Mansión Baranov, la ciudad parecía dormida, sumisa, como si el pulso de la capital se rindiera ante la presencia de quien dominaba desde las sombras: Mikhail Baranov.
Con el torso desnudo y cubierto de sudor, Mikhail se mantenía enfocado en cada movimiento, ejecutando una serie de ejercicios con precisión casi militar. Sus músculos se contraían con fuerza bajo la luz tenue, y su respiració