Minutos después el hombre descendió las escaleras con esa calma imponente que siempre lo acompañaba, su chaqueta negra ajustada, el reloj de lujo brillando en su muñeca. Alexandra Morgan iba a su lado, impecable con su traje de negocios, la mirada serena y el porte de quien estaba acostumbrada a tener el mundo a sus pies.
La puerta principal se abrió con un murmullo metálico cuando Mikhail hizo una seña. Afuera, el Aston Martin DB11 negro esperaba, su carrocería brillante reflejando la luz del amanecer. No permitió que otro condujera esa mañana. Para él, ese breve trayecto con Alexandra era un ritual privado, un espacio en el que no había subordinados ni amenazas, solo el rugido del motor y el silencio compartido entre ambos.
Mikhail tomó el volante con la precisión de un hombre que controlaba cada detalle de su vida. Alexandra ocupó el asiento del copiloto con un movimiento elegante, y en cuanto el auto abandonó la Mansión Orlov, Moscú comenzó a desplegarse ante ellos: amplias aven