La calma no llegó de golpe, pero llegó. Después del beso que me dejó sin aliento, después de toda la tormenta de palabras arrojadas como cuchillos, lo increíble fue que pudimos respirar. Que no nos destrocemos más. Que, en silencio, dejamos que la tensión se apaciguara como una marea que retrocede.
Yo me refugié de nuevo en mis cuadros, necesitando el olor del óleo para recuperar el eje, y él, aunque permaneció un tiempo en la habitación, no dijo más. Se limitó a observarme desde cerca, a dejar