POV ALEXANDER.
Nunca imaginé que un día estaría conduciendo mi Range Rover rumbo al Yankee Stadium con George, el padre de Nicole, sentado en el asiento del copiloto. El tráfico de la tarde neoyorquina parece más soportable de lo habitual, quizás porque mi mente está demasiado ocupada para fijarse en los semáforos eternos o en el claxon impaciente de los taxis. Tengo la radio encendida, pero ni siquiera presto atención al locutor que habla de las probabilidades del partido contra los Astros.
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