Mi teléfono no paraba de sonar. Las notificaciones y los mensajes amenazantes eran como un martillo golpeando mi cabeza. Sabía que tanta insistencia no era porque Alan se sintiera mal por la muerte de nuestro hijo, sino porque odiaba perder el control. Estaba tan acostumbrado a que su voluntad fuera ley, que saber que un hombre más poderoso lo hubiese humillado y desafiado lo estaba volviendo loco.
—¿Por qué no contestas, Aurora? ¡Te juro que cuando te encuentre me las vas a pagar! —repetía Ala