El eco de mis propios pensamientos me perseguía por los pasillos de la mansión. Cada vez que cerraba los ojos, veía el video de Tiffany: su mano levantada, su rostro contraído por un odio que no debería conocer una niña de su edad. Sentía una rabia sorda, una que quemaba más que el fuego, dirigida enteramente hacia Karoline. Esa mujer no solo me había robado a mi hija; le había arrancado la inocencia para inyectarle su propia ponzoña.
Mientras yo luchaba por no desmoronarme en el salón, a kilóm