Alexander y yo despertamos abrazados. Él fue el primero en abrir los ojos y se quedó mirándome con una devoción absoluta, de esas miradas que no necesitaban palabras para decirlo todo. Su mano descansaba, casi de forma obsesiva, sobre mi vientre, como si incluso dormido estuviera cuidando el milagro tan maravilloso que crecía dentro de mí.
Poco a poco me revolví entre las sábanas, acomodándome contra su pecho, sintiendo su cuerpo firme y cálido junto al mío. Había algo distinto en el ambiente,