La habitación estaba sumida en un silencio tenso, interrumpido únicamente por el sonido rítmico del segundero del reloj de pared. Me encontraba recostada, sintiendo que mi cuerpo pesaba una tonelada, mientras el Doctor Sterling —nuestro médico de confianza— preparaba sus instrumentos. Alexander estaba a mi lado, sosteniendo mi mano con una fuerza que delataba su terror. Sus ojos, siempre tan seguros y dominantes, ahora estaban nublados por una angustia que me partía el alma.
—Alexander, por fav