Después de aquella noche, desperté entre los brazos de Alexander. Sus labios se posaron suavemente sobre los míos para darme los buenos días, y yo respondí con una sonrisa que él devolvió con esa mirada que me hacía sentir la mujer más afortunada del mundo.
—Buenos días, preciosa —murmuró acariciándome la mejilla.
—Buenos días, amor —respondí con ternura.
Se incorporó lentamente, como si le costara desprenderse de la cama.
—Tengo que irme, hoy hay reunión a primera hora.
—¿No vas a desayunar? —