El estruendo de las cámaras y el murmullo incesante de los periodistas se sentían como un enjambre de avispas zumbando en mis oídos. Estábamos en la parte trasera del salón, ocultos por la seguridad de Alexander, observando cómo Billy Hamilton subía al estrado con una seguridad cínica que me revolvía el estómago.
Billy ajustó el micrófono, puso una expresión de falsa pesadumbre y comenzó su ataque.
—Señores de la prensa, hoy los he convocado en este lugar para hablarles de algo realmente impor