Después de un día maravilloso en la cabaña y de aquella noche espectacular que Alexander y yo habíamos compartido, regresábamos radiantes a la ciudad. Sentía todavía en mi piel el calor de sus caricias y la serenidad que me había transmitido. Mel y Richard ya nos estaban esperando; a ellos también se les veía distintos, más relajados, más cómplices. Me llenaba de alegría ver que mi amiga, por fin, estaba dando un paso importante para sentar cabeza, o al menos eso esperaba. Richard era todo un