El hotel de cinco estrellas en la capital del este de Montresaa era un mundo de lujo discreto y seguridad hermética. Enzo había alquilado toda una planta, y los pasillos, usualmente silenciosos, ahora resonaban con los ecos de unos pequeños pies y voces infantiles. Abraham y Renata, liberados de la tensión de los últimos meses, correteaban por la suite principal, sus risas un sonido extraño y maravilloso después de tanto dolor.
Enzo los observaba desde el sofá, una taza de café frío en la mano. Su cuerpo estaba en la habitación, pero su mente estaba a veinte minutos de distancia, en el Hospital General de Santa Ana. Roque había partido hacía una hora con una misión simple y a la vez monumental: confirmar la presencia de Amatista y Felipe, y evaluar la situación. Cada minuto que pasaba era una eternidad.
—¡Papá, mira! —gritó Renata, trepando a una silla y mostrándole un dibujo garabateado en una hoja del bloc del hotel—. Es nuestra familia. Tú, yo, Abraham, la abuela Alicia… y mamá y e