El hotel de cinco estrellas en la capital del este de Montresaa era un mundo de lujo discreto y seguridad hermética. Enzo había alquilado toda una planta, y los pasillos, usualmente silenciosos, ahora resonaban con los ecos de unos pequeños pies y voces infantiles. Abraham y Renata, liberados de la tensión de los últimos meses, correteaban por la suite principal, sus risas un sonido extraño y maravilloso después de tanto dolor.
Enzo los observaba desde el sofá, una taza de café frío en la mano.