La luz del atardecer teñía de naranja y oro las paredes descascaradas de la pequeña casa de campo. Estaba en las afueras de la capital del sur, a solo veinte minutos del Hospital General de Santa Ana, rodeada de olivares polvorientos y el canto lejano de los grillos. Era modesta, con muebles sencillos y cortinas de flores desteñidas, pero para Gustavo y Luisa, representaba un refugio, un lugar donde poder respirar lejos de la asfixiante esterilidad del hospital.
—No puedes seguir así, hija —dij