El primer sentimiento fue el dolor. Un latido sordo y profundo en su cadera que se irradiaba por toda la pierna. Luego, la confusión. Luces blancas, el olor antiséptico de un hospital, y rostros desconocidos que se inclinaban sobre ella.
—Tranquila, querida, estás a salvo —dijo una mujer de rostro amable y ojos preocupados. A su lado, un hombre de mediana edad asentía con gesto serio.
—Soy Luisa. Y este es mi esposo, Gustavo. Te… te atropellamos con el auto. Huías de unos hombres. ¿Recuerdas al