La guarida de los Leones Rojos no era un bar sucio, sino una suite en el piso superior de un hotel decadente, con vista a las grúas del puerto que Silas anhelaba controlar por completo. El aire olía a cigarros caros y ambición.
—Es una locura, Silas —gruñó Marco, su lugarteniente más veterano, con una cicatriz que le cruzaba el labio—. Aliarnos con Bourth es como abrazar un torpedo. Puede hundir a los Salvetti, sí, pero ¿y después? ¿Crees que se irá tranquilamente una vez tenga a su mujer?
—No