Draven se había marchado hacía unas horas, y la mansión comenzaba a respirar con menos tensión. El silencio que dejó tras su partida era denso, pero nada comparado con el vendaval que estaba por llegar.
Cuando el reloj marcó las cuatro de la tarde, Aria irrumpió en la oficina de Dimitri. Cerró la puerta con fuerza y lo miró con los ojos encendidos de rabia contenida.
—¿Cómo pudiste? —espetó—. ¿Cómo te atreves a aliarte con ese monstruo?
Dimitri alzó la mirada desde su escritorio, sin sorpresa.