—¿Estás listo? —preguntó Aleckey.
La niebla matinal aún se aferraba a la tierra cuando Aleckey y Zadkiel caminaron en silencio por el sendero de piedra que conducía al altar ceremonial. Solo el crujir leve de sus pasos y el susurro del viento entre los árboles acompañaban la caminata. Los dos hombres, tan parecidos y tan distintos, compartían un momento suspendido en el tiempo.
Zadkiel soltó una pequeña risa, seca y nerviosa.
—He entrenado para esto toda mi vida. Pero no sé si eso me hace estar