Zadkiel avanzaba entre la maleza del bosque con paso firme, pero sin soltar a Gaia, que aún se aferraba a su cuello como un koala. La pequeña temblaba, más por la tensión acumulada que por frío, y se había quedado en silencio. Este le acariciaba la espalda con suavidad, murmurándole cosas al oído, intentando calmarla mientras se acercaban al límite de la mansión.
Cuando cruzaron el umbral del jardín real, la alarma ya había cesado. Los guardias abrían paso con rapidez al príncipe heredero, que