Los sábados tienen otra textura.
No pesan igual que los días laborales ni prometen nada concreto como los domingos. Son una especie de paréntesis donde el mundo baja el volumen y yo puedo respirar a mi ritmo.
Por eso siempre voy a comer al mismo sitio.
No es un restaurante especial. No tiene manteles de tela ni camareros con cara de superioridad gastronómica. Es normal. Demasiado normal como para que nadie repare en mí. Mesas de madera, luz cálida, olor a comida recién hecha y ese murmullo cons