Mundo ficciónIniciar sesiónLos sábados tienen otra textura.
No pesan igual que los días laborales ni prometen nada concreto como los domingos. Son una especie de paréntesis donde el mundo baja el volumen y yo puedo respirar a mi ritmo. Por eso siempre voy a comer al mismo sitio. No es un restaurante especial. No tiene manteles de tela ni camareros con cara de superioridad gastronómica. Es normal. Demasiado normal como para que nadie repare en mí. Mesas de madera, luz cálida, olor a comida recién hecha y ese murmullo constante que me ayuda a concentrarme sin distraerme. Me gusta sentarme siempre en la mesa del fondo, pegada a la pared. Pido lo mismo casi siempre. Saco el portátil. Trabajo. Pienso. Me permito estar sola sin sentirme sola. Ese sábado parecía uno más. Hasta que no lo fue. Le vi antes de que él me viera a mí. Entró hablando, riéndose, con esa risa suya que no es escandalosa pero llena espacio. Iba con su familia. Lo supe al instante, no por parecidos físicos, sino por la forma en la que se movían juntos, como si compartieran un mismo código invisible. Mi primera reacción fue absurda: bajar la mirada. Como si esconderme tuviera sentido. El corazón me dio un golpe seco, incómodo. No de esos bonitos. De los que te pillan desprevenida. De los que te recuerdan que hay cosas que aún no sabes gestionar. Le vi buscar mesa mientras hablaba con su madre —lo supe después— y con alguien más joven, quizá un hermano. Estaba relajado. Diferente. Sin la tensión del trabajo, sin el control constante, sin ese gesto serio que se le pone cuando está concentrado. Aquí era… normal. Y eso lo hizo aún más peligroso. Pensé seriamente en irme. Cerrar el portátil, pagar, desaparecer. Volver a casa y fingir que no había pasado nada. Que no le había visto. Que no había sentido ese vuelco raro en el estómago. Pero no lo hice. Porque una parte de mí estaba cansada de huir. Se sentaron. No muy lejos. Lo suficiente como para no ser evidente, lo bastante cerca como para notar su presencia. Yo seguí escribiendo, o fingiendo hacerlo. Las palabras en la pantalla empezaron a perder sentido. Fue él quien me vio entonces. Noté el silencio antes de verlo levantar la cabeza. Ese microsegundo en el que alguien deja de hablar porque algo ha captado su atención. Levanté la mirada casi por reflejo. Nuestros ojos se encontraron. Y ahí se paró todo. No sonrió al principio. Se quedó quieto, sorprendido, como si su cerebro estuviera recalculando. Luego apareció esa sonrisa pequeña, contenida, la que solo usa cuando algo le importa más de lo que quiere admitir. Yo no supe qué cara poner. Así que hice lo único que me salió natural: sonreír también. No fue un saludo exagerado. No levantamos la mano. No dijimos nada. Fue un acuerdo silencioso. Te veo. Estoy aquí. Volvió con su familia, pero ya no estaba igual. Yo tampoco. Intenté concentrarme. De verdad. Me obligué a leer lo que tenía delante, a corregir frases, a fingir que mi mundo no se había desajustado un poco. Pero cada sonido me llevaba a él. Su risa. Su voz cuando hablaba bajo. La forma en la que se inclinaba para escuchar a quien tenía al lado. Me pregunté qué pensaría él de verme allí. Sola. Trabajando un sábado. Me pregunté si le parecería raro o si, como a mí, le parecería perfectamente lógico. En un momento dado, se levantó. Mi pulso se aceleró antes incluso de saber por qué. Caminó hacia la barra, pasó relativamente cerca de mi mesa. No me miró directamente, pero su presencia era tan clara que casi podía sentirla en la piel. —¿Sueles venir mucho por aquí? —preguntó en voz baja al pasar, como si fuera una casualidad. Levanté la vista. —Los sábados, sí —respondí—. Me deja pensar. Asintió. Sonrió un poco más. — Tiene sentido. Y siguió caminando. Fue una tontería. Una frase mínima. Pero me dejó completamente descolocada. Volvió a su mesa. Yo me quedé mirándole un segundo más de la cuenta. No pasó nada más durante un rato. Comieron. Yo pedí un café. El tiempo avanzó de forma extraña, como si nadie tuviera prisa. Cuando terminaron, se levantaron todos. Abrigos, comentarios sueltos, despedidas. Yo ya estaba recogiendo mis cosas cuando le vi acercarse de nuevo, esta vez sin disimulo. —Nos vamos —dijo—. Solo quería decirte que… me ha gustado verte aquí. Fuera de todo lo demás. No supe muy bien qué responder. —A mí también —admití—. Ha sido… raro. Pero bien. Asintió, como si eso confirmara algo que ya intuía. —Disfruta del sábado —añadió. —Tú también. Se fue. Y el restaurante volvió a ser solo un restaurante. Recogí con calma. Pagué. Salí a la calle con el portátil bajo el brazo y una sensación extraña en el pecho. No era euforia. No era tristeza. Era algo más profundo. Como cuando sabes que algo ha cambiado aunque no se note por fuera. Volver a casa después de esos días fue raro. El silencio pesaba más de lo habitual. Dejé las cosas en su sitio, me quité los zapatos, me senté en la cama sin encender la luz. Mi casa seguía siendo la misma, pero yo no. Y eso descoloca. Me di cuenta de que echaba de menos cosas pequeñas. Su voz en otra habitación. La sensación de no estar sola del todo. Incluso el simple hecho de saber que estaba cerca. No me arrepentía. Pero tampoco sabía muy bien qué hacer con todo eso. Respiré hondo. Me dije que era normal. Que la vida sigue. Que el lunes volvería todo a su sitio. Pero una parte de mí sabía que ya no era tan sencillo.






