Revelación

El cuarto olía a pintura reciente y a madera nueva. No era un olor desagradable, pero sí intenso, como si el espacio todavía estuviera adaptándose a lo que iba a ser. Él estaba subido a una escalera pequeña, ajustando una balda, mientras ella observaba desde la cama baja que habían colocado provisionalmente para descansar entre ratos.

El cachorro iba de un lado a otro con una energía inagotable, arrastrando una cinta de tela que alguien había dejado caer al suelo. Cada vez que pasaba cerca de ella, se detenía un segundo, la olisqueaba y seguía su recorrido, como si ya entendiera que ahí había algo importante.

Ella se apoyó una mano en la barriga casi sin darse cuenta. A esas alturas ya era imposible ignorarla. No era enorme, pero sí redonda, firme, presente. Cada mañana le parecía un poco distinta.

—No te esfuerces tanto —le dijo—. Esa balda puede esperar.

Él bajó de la escalera y la miró con media sonrisa.

—No quiero que esté todo perfecto. Quiero que esté listo.

Ella entendió la diferencia.

Asintió.

—Ven un momento —añadió él, limpiándose las manos en el pantalón.

Se acercó a la cómoda nueva, abrió uno de los cajones y sacó una prenda doblada con cuidado. No dijo nada. Simplemente volvió hacia ella y se la tendió.

Ella la cogió despacio.

Era pequeña. Demasiado pequeña para creer que alguien pudiera caber ahí dentro. De algodón suave, con un tono claro, delicado, sin estridencias. Ella pasó los dedos por la tela, reconociendo el color, dejándolo asentarse en su cabeza.

Levantó la vista hacia él.

—¿Cuándo…? —preguntó.

—Esta mañana —respondió—. Cuando he salido un momento.

No añadió nada más. No hacía falta.

Ella tragó saliva. Sonrió, pero los ojos se le humedecieron.

—Así que… —murmuró.

—Sí.

Se sentó a su lado en la cama y apoyó la cabeza en su hombro. Él rodeó su espalda con el brazo, con cuidado, como hacía últimamente, consciente de cada movimiento.

—No me imaginaba que me haría sentir así —dijo ella.

—¿Cómo?

—Tan tranquila.

Él apoyó la barbilla sobre su cabeza.

—A mí me pasó cuando lo vi por primera vez en la ecografía. No pensé “qué miedo”. Pensé “vale, ya está”.

Ella sonrió.

El cachorro saltó a la cama y se tumbó entre ellos, panza arriba, reclamando atención. Ella rió bajito y empezó a rascarle la barriga.

—Creo que ya tiene claro quién manda aquí —bromeó.

—Nos va a tocar competir —respondió él.

Pasaron la tarde montando cosas sin prisa. Ella ayudaba en lo que podía, él hacía el resto. Hablaron de detalles prácticos, de muebles que aún faltaban, de lo que podrían pedir a la familia que no se pasara de regalos.

En un momento dado, ella se quedó quieta, mirando la pared vacía frente a la cama.

—Aquí podríamos poner algo —dijo—. No ahora, pero más adelante.

—¿Algo como qué?

Ella dudó.

—No sé. Algo suyo.

Él la miró, entendiendo que no hablaba de decoración.

—Lo encontraremos.

Cuando cayó la tarde, la luz cambió dentro del cuarto. Todo se volvió más suave, más íntimo. Ella volvió a sentarse, cansada, y él se arrodilló frente a ella sin decir nada. Apoyó la cabeza con cuidado sobre su barriga.

—Hola —susurró, casi como si probara la palabra.

Ella cerró los ojos.

—Hoy ha estado moviéndose mucho.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque cada vez que lo hace, tú sonríes.

Ella soltó una pequeña risa emocionada.

—Es una niña inquieta —dijo, ya sin pensar demasiado las palabras.

Él levantó la vista.

—¿Te gusta decirlo?

Ella asintió despacio.

—Sí. Me hace sentirla más cerca.

Él volvió a apoyar la frente sobre su vientre y no dijo nada más. No hacía falta nombrarlo todo. Algunas cosas, simplemente, se sentían.

Más tarde, ya en el salón, se sentaron juntos en el sofá. Ella apoyó las piernas sobre las de él. El cachorro dormía hecho un ovillo a sus pies.

—¿Te das cuenta de que ya no hablamos de “si” sino de “cuando”? —dijo ella de pronto.

Él sonrió.

—Porque el “si” ya pasó.

Ella lo miró, seria pero serena.

—Me asusta un poco —admitió—. No ella. Todo lo que viene.

Él tomó su mano.

—A mí también. Pero no me asusta contigo.

Ella apretó sus dedos.

Esa noche, antes de apagar la luz, ella volvió a mirar la prenda doblada sobre la cómoda del cuarto. No la guardó. No la escondió. La dejó ahí, visible, como parte del espacio.

Cuando se metió en la cama, él la abrazó desde atrás, acomodándose a su cuerpo.

—Buenas noches —murmuró.

—Buenas noches —respondió ella.

Y por primera vez, el silencio no estaba lleno de dudas.

Estaba lleno de futuro.

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