Desperté antes que él, como me estaba pasando últimamente. No era el ruido, ni la luz entrando por la ventana; era mi propio cuerpo, que parecía haber decidido llevar su propio horario. Me moví despacio, casi con miedo de despertarlo, y fue entonces cuando lo noté otra vez: ese pequeño abultamiento bajo la camiseta, firme, real. Mi mano fue sola hasta allí, como si necesitara comprobar que seguía siendo verdad.
Cinco meses.
Aún me costaba decirlo sin que me temblara algo por dentro.
Él se