Mundo ficciónIniciar sesiónLa oficina olía igual que siempre: café recalentado, papel y aire acondicionado demasiado fuerte para la hora que era. Y aun así, todo se sentía distinto. Crucé la puerta con el bolso colgado del hombro y esa sensación incómoda de estar volviendo a un sitio que conoces de memoria… después de haber vivido algo que ya no encaja del todo con él.
Respiré hondo antes de entrar del todo. No iba a pasar nada raro. No tenía por qué. Seguíamos siendo las mismas personas, en el mismo lugar, haciendo el mismo trabajo. Eso me repetí mientras caminaba hacia mi mesa, encendía el ordenador y dejaba el móvil boca abajo, como si así pudiera evitar pensar en nada más. Pero mentía. Lo noté incluso antes de verlo. Esa especie de conciencia anticipada, como cuando sabes que alguien está en la misma habitación sin necesidad de girarte. Levanté la vista y ahí estaba, al otro lado del pasillo, hablando con alguien del equipo. Traje oscuro, postura impecable, gesto serio. Adrián en modo oficina. Me quedé mirándolo un segundo de más. No me devolvió la mirada. O eso pensé. Hasta que, justo antes de entrar en su despacho, giró la cabeza lo justo para cruzarse con mis ojos. Nada más. Ni un gesto. Ni una sonrisa. Solo una mirada firme, tranquila. Y fue suficiente para descolocarme. Bajé la vista enseguida, fingiendo concentración. El corazón me latía más rápido de lo normal y me odié un poco por ello. No había pasado ni un día entero y ya estaba reaccionando como si algo enorme estuviera en juego. —Tranquila —me dije por lo bajo—. Es solo trabajo. La mañana avanzó con una normalidad engañosa. Correos, reuniones, tareas que ya había hecho mil veces. Yo respondía, hablaba, tomaba notas. Desde fuera, nadie habría notado nada distinto. Desde dentro, era otra historia. Cada vez que escuchaba su voz en el pasillo, algo se tensaba en mí. Cada vez que alguien mencionaba su nombre, me recorría una sensación extraña, mezcla de cercanía y distancia forzada. Era consciente de cada paso que daba, de cada movimiento que hacía, como si tuviera que recalibrar constantemente dónde estaba la línea. A media mañana, tuvimos una reunión de equipo. Nada extraordinario. Nos sentamos alrededor de la mesa grande, cada uno en su sitio habitual. Adrián presidía la reunión, serio, profesional, marcando tiempos y decisiones con precisión. Yo apenas levanté la vista, pero sentía su presencia con una intensidad absurda. Cuando hablaba, me obligaba a escucharlo como a cualquier otro jefe. Cuando yo intervenía, lo hacía midiendo cada palabra, cuidando el tono, como si alguien pudiera leer entre líneas algo que no estaba diciendo. —¿Alguna objeción? —preguntó en un momento dado. Negué con la cabeza, al igual que los demás. Nada que objetar. Todo correcto. Demasiado correcto. Cuando la reunión terminó, recogí mis cosas rápido. No quería quedarme a solas con él. O tal vez sí. No lo tenía claro. Ese era el problema. Volví a mi mesa y me obligué a concentrarme. A recordar quién era yo antes de esa casa, de esa noche, de esa mañana compartida sin prisas. Pero no era tan fácil volver atrás cuando algo se te había instalado dentro sin pedir permiso. Alrededor de la una, mi móvil vibró. Un mensaje. Número conocido. ¿Todo bien? Lo leí dos veces. No decía nada fuera de lugar. No había emoticonos. No había nada que pudiera malinterpretarse. Y aun así, sentí un nudo en el estómago. Sí. Todo normal, respondí tras unos segundos. Dejé el móvil boca abajo otra vez, como si así pudiera apagar lo que se me removía por dentro. Me sentía ridícula. No había pasado nada grave. No estábamos ocultando una relación, porque técnicamente no había una. Y aun así, esa tensión silenciosa lo impregnaba todo. A la hora de comer, salí a dar una vuelta sola. Necesitaba aire. Necesitaba pensar sin el zumbido constante de la oficina alrededor. Caminé sin rumbo fijo, repasando mentalmente los últimos días, intentando entender en qué punto exacto había cambiado todo. No era solo atracción. Eso ya lo sabía. Era la naturalidad. La facilidad. Lo cómodo que había sido estar con él sin máscaras. Y volver a la oficina era volver a ponérselas. Por la tarde, el ritmo bajó. Menos gente, menos ruido. Pasé frente a su despacho un par de veces sin mirarlo directamente. La puerta estaba entreabierta. Luz encendida. Adrián trabajando. En una de esas pasadas, me llamó. —Lara. Me detuve en seco y respiré hondo antes de girarme. —Dime. —Cuando tengas un momento, entra, por favor. Asentí. Profesional. Neutral. Entré unos minutos después, cuando terminé lo que estaba haciendo. Cerró la puerta tras de mí con cuidado. —¿Todo bien hoy? —preguntó. —Sí —respondí—. Un poco raro volver, supongo. Asintió despacio. —A mí también me ha pasado. Hubo un silencio breve. No incómodo, pero cargado. —Quería asegurarme de que no te sentías… presionada —añadió—. O incómoda. Lo miré fijamente. —No. Solo… consciente. Una media sonrisa cruzó su cara. —Sí. Yo también. No hizo falta decir nada más. No hubo reproches. No hubo promesas. Solo ese reconocimiento mutuo de que algo existía y que, por ahora, debía convivir con el trabajo sin romperlo. Salí de su despacho con el corazón un poco más tranquilo y, al mismo tiempo, más revuelto. Cuando terminé la jornada y apagué el ordenador, sentí un cansancio distinto. No físico. Mental. Emocional. Recogí mis cosas y salí sin mirar atrás. En el ascensor, mientras descendía, me di cuenta de algo: volver a la oficina no había apagado nada. Solo había cambiado el escenario. Y eso, supe entonces, iba a complicarlo todo mucho más.






