En mi rellano

El sábado por la noche siempre me ha parecido traicionero.

Durante el día es calma, rutina suave, tiempo para una misma. Pero cuando anochece… algo se mueve. Como si el silencio empezara a hacer ruido.

Yo estaba en casa. Tranquila. Literalmente tranquila. Pelo recogido de cualquier manera, sudadera grande, las piernas dobladas bajo la manta y una serie puesta sin prestarle demasiada atención. El móvil boca abajo. No porque esperara nada, sino justo porque no quería esperar nada.

Había decidido no salir.

No por tristeza. No por drama. Simplemente porque estaba cansada. Cansada de pensar, de medir cada gesto, de analizarlo todo. A veces quedarse en casa también es una forma de cuidarse.

Estaba a mitad de un capítulo cuando sonó el timbre.

Me quedé quieta.

No esperaba a nadie. Nadie llama un sábado por la noche si no está avisado. Mi primer pensamiento fue absurdo —el vecino, un error, cualquier cosa—, pero algo dentro de mí ya se había tensado.

El timbre volvió a sonar.

Me levanté despacio, con esa mezcla de curiosidad y desconfianza. Miré por la mirilla sin pensarlo demasiado.

Y se me paró el corazón.

Era él.

Ahí. En mi rellano. Con una chaqueta oscura, el pelo ligeramente mojado como si hubiera llovido hace poco, las manos en los bolsillos y esa expresión suya tranquila, segura, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.

Abrí la puerta sin pensarlo dos veces.

—¿Tú… qué haces aquí? —pregunté, más sorprendida que molesta.

Sonrió. Esa sonrisa ladeada que siempre me desarma un poco.

—Hola —dijo, como si aparecer en casa de alguien sin avisar fuera lo más normal del mundo—. Ponte guapa. Nos vamos.

Me quedé mirándole, procesando las palabras con retraso.

—¿Perdón?

—Que te pongas guapa —repitió, apoyándose ligeramente en el marco de la puerta—. Y que cojas una chaqueta. Vamos a salir.

—¿Y se puede saber a dónde? —crucé los brazos, medio en broma, medio intentando recuperar el control de la situación.

—Al pub —respondió sin dudar—. Al de siempre.

Eso fue lo que más me descolocó.

—¿Cómo sabes…?

—Que te gusta ese sitio —me interrumpió—. Porque a mí también. Y porque eres bastante predecible cuando algo te hace sentir cómoda.

Negué con la cabeza, incrédula.

—¿Y cómo sabes dónde vivo?

Se encogió de hombros.

—Soy observador. Y bueno… no era tan difícil.

No sonó invasivo. No sonó raro. Sonó… a él. Directo, seguro, sin darle más vueltas de las necesarias.

—No iba a salir —dije.

—Ya —asintió—. Yo tampoco. Hasta que pensé en ti.

Ese comentario me dejó sin respuesta durante un segundo.

El silencio se instaló entre los dos. No incómodo. Expectante. Yo seguía descalza, con ropa de estar por casa, sintiéndome de repente muy consciente de mí misma.

—Cinco minutos —dije al final—. No más.

Sonrió como si ya supiera que iba a decir que sí.

—Te espero.

Cerré la puerta y me apoyé en ella con el corazón acelerado.

¿En qué momento había aceptado tan rápido? Ni siquiera me había preguntado si debía. Solo si quería.

Me cambié sin pensarlo demasiado. Algo sencillo, pero que me hiciera sentir yo. Pelo suelto. Un poco de perfume. Me miré al espejo un segundo más de lo normal, no para gustarle, sino para reconocerme.

Cuando abrí la puerta, él levantó la vista.

Y su expresión cambió.

No dijo nada al principio. Solo me miró. De arriba abajo. Sin morbo, sin prisa. Con atención. Como si estuviera memorizando el momento.

—Estás preciosa —dijo al final, en voz baja.

Tragué saliva.

—Vamos —respondí—. Antes de que me arrepienta.

Bajamos las escaleras juntos. Sin tocarse, pero demasiado cerca. Afuera hacía fresco, el aire olía a lluvia reciente y a noche viva.

Caminamos uno al lado del otro.

—No sabía si te iba a abrir —admitió—. Pero tenía que intentarlo.

—Has tenido suerte.

—No creo en la suerte —me miró—. Creo en arriesgarse.

El pub estaba como siempre: luces bajas, música envolvente, gente mezclándose sin esfuerzo. En cuanto entramos, algo encajó. Como si ese lugar fuera terreno neutral. Ni trabajo. Ni casa. Solo nosotros.

Pedimos lo de siempre sin decirlo en voz alta.

Nos sentamos cerca de la barra. Hablamos de cosas simples al principio. De música. De tonterías. De anécdotas sin peso. Pero debajo de todo eso había algo latiendo, constante, inevitable.

En un momento dado, la música cambió. Más lenta. Más íntima.

Me miró.

—¿Te quedas un rato más? —preguntó.

Asentí.

Y supe que esa noche no iba a ser tranquila.

Pero tampoco quería que lo fuera.

La música siguió sonando mientras bebíamos en silencio unos segundos más. No incómodo. De esos silencios que no piden ser rellenados porque ya dicen cosas.

Di un sorbo y apoyé el codo en la barra.

—Por cierto —dije, apoyando el vaso en la barra—, hoy ha sido curioso verte.

Sonrió, ya sabiendo por dónde iba.

—En el restaurante —dijo—. No me esperaba encontrarte allí.

—Ni yo a ti —respondí—. Y menos con tu familia.

—Ha sido raro saludarte delante de ellos —admitió—, pero me ha gustado. Me ha sacado de mi zona cómoda.

—Tu madre es encantadora —comenté—. Y tu hermana no paraba de mirarme como si ya lo supiera todo.

Soltó una risa baja.

—Lo sabe todo —dijo—. Siempre lo sabe.

—Yo estaba en mi mesa de siempre —continué—. Me gusta ir sola los sábados. Trabajar un poco, pensar… es mi ritual.

—Te vi tranquila —dijo—. Diferente a como eres en la oficina.

—Allí no tengo que demostrar nada.

Asintió despacio.

—Con mi familia me pasa algo parecido. Me recuerdan quién era antes de todo esto.

La música cambió entonces, como si el local hubiese estado esperando ese momento.

Una bachata suave empezó a deslizarse entre el ruido ambiente.

—Siempre ponen bachata a esta hora —comenté.

—Lo sé —respondió—. Por eso quise traerte aquí hoy.

Se giró hacia mí en el taburete, acortando la distancia sin tocarme aún.

—¿Bailas? —preguntó.

No lo dudé.

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