Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana empezó con una calma rara, de esas que no son del todo tranquilas, sino expectantes. La casa estaba demasiado ordenada para ser un día normal, el jardín demasiado preparado, y yo demasiado consciente de cada movimiento de mi cuerpo. Cinco meses. Mi barriga ya no era una sospecha ni una insinuación: era una presencia clara, redonda, constante.
Me levanté despacio, con una mano apoyada en el vientre, como si ese gesto fuera ya instintivo. En la cocina, el cachorro —seis meses ya— bebía agua con tanta energía que salpicaba el suelo entero. Levantó la cabeza al verme y movió la cola con fuerza, orgulloso, como si él también supiera que ese día formaba parte de algo importante. —Hoy te portas bien, ¿vale? —le dije en voz baja. Él respondió con un ladrido corto y volvió a lo suyo. Desde el salón llegaba el sonido de él moviendo cosas, comprobando por tercera vez que todo estuviera en su sitio. Cuando apareció en la puerta de la cocina, me miró durante unos segundos sin decir nada. Esa mirada que ya conocía tan bien: mezcla de amor, orgullo y una emoción que todavía no terminaba de creerse. —Estás preciosa —dijo al fin. —No exageres —respondí, aunque sonreí. Se acercó y me besó la frente con cuidado, como si todavía estuviera aprendiendo a moverse alrededor de mi barriga. Apoyó la mano sobre ella, despacio. —¿Estás nerviosa? —Un poco —admití—. Mucho, en realidad. —Yo también —dijo—. Pero es de los nervios buenos. Las familias empezaron a llegar poco a poco. Primero sus padres, luego mi madre y mi hermano, después su hermana. Abrazos largos, besos, miradas que inevitablemente acababan en mi vientre. Comentarios de “cómo has crecido”, “ya se nota muchísimo”, “qué rápido pasa todo”. El jardín se fue llenando de voces. El cachorro no paraba quieto, iba de persona en persona como si estuviera dando la bienvenida oficialmente. Mi hermano sacó el móvil para grabarlo todo “por si acaso”, y su madre colocó con mimo unos dulces sobre la mesa. En el centro, la caja. Cerrada. Blanca. Silenciosa. Yo la miraba de reojo cada pocos minutos, intentando no hacerlo demasiado evidente. Habíamos esperado semanas para este momento, y ahora que estaba ahí, me parecía imposible que dentro de esa caja estuviera una respuesta tan grande. Él me buscó con la mirada y se colocó a mi lado. Me cogió la mano. La apretó una vez. —Gracias por venir —dijo, alzando la voz—. Para nosotros esto es muy especial. Todos guardaron silencio casi de inmediato. —Estamos viviendo algo muy importante —continuó—. Y queríamos compartirlo con las personas que más queremos. Noté un pequeño movimiento en la barriga. Sonreí sin pensar. —Hoy descubrimos algo que nos va a acompañar toda la vida. Entre los dos abrimos la caja. El color apareció. Durante un segundo eterno, nadie dijo nada. Y entonces el mundo explotó. Gritos, risas, aplausos. Mi madre llevándose la mano al pecho. Su hermana soltando un chillido. Mi hermano grabándolo todo sin parar. El cachorro ladrando como loco, saltando, completamente contagiado por la emoción. Yo me quedé quieta, con lágrimas cayéndome sin pedir permiso. Él me rodeó con los brazos y apoyó la mano sobre mi barriga, firme, seguro. —Hola… —susurró. No dijo nada más. No hizo falta. El resto de la tarde pasó entre abrazos, fotos y conversaciones que se mezclaban unas con otras. Hablamos de nombres, de parecidos, de cómo cambiaría la casa. Alguien dijo que ya no habría silencio nunca más. Nadie se quejó. Me senté un rato apartada, observándolo todo. Nuestra familia. La suya. La mía. Él hablando con mi hermano. El cachorro dormido a la sombra, agotado. El jardín lleno de vida. Él se sentó a mi lado. —¿En qué piensas? —En que todo esto da miedo —dije—. Pero no me asusta. Sonrió. —Eso es porque no estás sola. Apoyé la cabeza en su hombro, una mano en la barriga, la otra entrelazada con la suya. Y por primera vez desde que supe que estaba embarazada, no pensé en lo que podía salir mal. Solo pensé en lo que estaba por venir.






