La mañana empezó con una calma rara, de esas que no son del todo tranquilas, sino expectantes. La casa estaba demasiado ordenada para ser un día normal, el jardín demasiado preparado, y yo demasiado consciente de cada movimiento de mi cuerpo. Cinco meses. Mi barriga ya no era una sospecha ni una insinuación: era una presencia clara, redonda, constante.
Me levanté despacio, con una mano apoyada en el vientre, como si ese gesto fuera ya instintivo. En la cocina, el cachorro —seis meses ya— bebía